Little Author #13: El Torturador

15/10/15


Buenas

Aisss hoy os traigo un relato que ha escrito un autor llamado José ramón ramos y como veis en el titulo el relato se llama el torturador. Su autor me contacto por twitter por si quería un relato personalizado y yo acepte, tenía mucha curiosidad de que alguien hiciera un relato en el que yo sea la protagonista jeje o en este caso mi yo del blog, porque cuando lo leáis veréis que no pone mi nombre real sino el que uso en el blog, la verdad es que me encantó la idea y sobretodo me encanta tener (por así decirlo) un relato mío y hoy quería compartirlo con vosotros, espero que os guste, que lo disfrutéis y aviso que es erótico, puede que no a todo el mundo le guste.

EL TORTURADOR


 Hoy has venido con unas amigas, habéis tomado unos helados y unos refrescos y os lo estáis pasando bien con el ambiente y las casetas de la feria. Os llama la atención una puerta en una atracción en la que un cartel de neón anuncia: “Laberinto del terror”. Por la puerta de al lado, que es la salida, aparecen riendo y gritando los que ya lo han recorrido y a juzgar por sus comentarios, parece que se han divertido. Decides entrar junto a tus amigas y nada más atravesar la puerta te encuentras en una especie de antesala a media luz en el que un cartel indica:
“Puedes salir en diez minutos, en una hora o no salir nunca”

Con ese toque de misterio te adentras por un pasillo apenas iluminado con bombillas de muy baja intensidad cada varios metros. Llegas a una habitación que tienes que atravesar por el centro. A ambos lados hay varios ataúdes muy siniestros que te hacen recelar. Cuando tus pies activan un sensor de movimiento sin que tú lo percibas, uno de los féretros abre de golpe su tapa y su inerte ocupante se precipita hacia ti sin llegar a tocarte. Tus amigas y tú os lleváis el primer susto y pasada la primera impresión os reís de vosotras mismas. Seguís avanzando y experimentáis varios sustos más entre zombis, vampiros y monstruos. Pasáis junto a retratos que cobran vida, asesinos amenazantes y maniquíes colgados del techo con ganchos, simulando cadáveres sangrantes. Os estáis divirtiendo, pese a los sobresaltos, porque sabéis que todo es un montaje, que nada es verdad.

Llegado a un punto, te adentras en un pasillo estrecho por el que solo puede pasar una persona a la vez. En esta ocasión, tienes una potente luz de frente que te impide ver el final del pasillo. Esta misma luz es la que me permite a mí verte a través de una mirilla en la pared de enfrente. En un recodo hay un sistema de puertas, nuevamente a oscuras, que en su posición normal, permite seguir el recorrido a todo el público, pero cuando tú vas a llegar, acciono el mecanismo para que te haga ir por otro pasillo diferente, apartándote del resto. Seguidamente, lo vuelvo a dejar en su posición original para que la gente siga fluyendo normalmente.

En un momento dado, te percatas de que te has separado de tus amigas, pero no le das demasiada importancia, ya que se supone que estás en un laberinto. Avanzas y te encuentras con un cartel:

“Estás entrando en los dominios de EL TORTURADOR”.

En el siguiente recodo, otro anuncio dice:

“Aquí nadie puede verte. Aquí nadie puede oírte”.

Por fin llegas a una puerta en la que simplemente pone:

“EL TORTURADOR”

Traspasas la puerta e intentas que tus ojos se adapten a la penumbra. Oyes el suave golpe de la puerta al cerrarse detrás de ti y el chasquido del cerrojo. Intuyes que no hay vuelta atrás. Al otro lado de la habitación te espero con una especie de túnica sin mangas que me llega hasta medio muslo a imitación de las que usaban antiguamente los verdugos. Completa mi atuendo una máscara que me cubre la cabeza y alrededor de los ojos como un antifaz, dejando el resto de la cara al descubierto. Notas un ligero temor al encontrarte a solas con un desconocido, pero piensas que todo forma parte del espectáculo y la curiosidad es superior al miedo. Para ganarme tu confianza avanzo despacio sonriendo, con la mano tendida y la palma hacia arriba para que tú me des la tuya. Cuando lo haces, tras una leve reverencia, beso tu mano rozándola apenas con los labios. Sé que no estás acostumbrada a esto y te resulta curioso y diferente. No quiero asustarte. “¿Cómo te llamas?” – te pregunto-.  “Blue” – me respondes-. “Hola, Blue. Un nombre peculiar, pero me gusta”.

Sin soltar tu mano, tiro suavemente de ti para llevarte al centro de la sala y tomándote de los hombros, te hago apoyar la espalda en una mullida pared que resulta ser una especie de camilla vertical donde te encuentras muy cómoda. Sientes esa mezcla entre un leve temor y una aún mayor expectación por lo desconocido y notas que la experiencia que estás viviendo no la has experimentado nunca. En la semioscuridad, te das cuenta de que he sacado una pluma y te la estoy mostrando ante tus ojos. Muy despacio, la voy acercando hasta uno de tus hombros hasta rozarlo levemente. Llevas una camiseta de tirantes y una falda corta hasta la mitad del muslo. Muy poco a poco la pluma va bajando hasta el codo haciéndote estremecer. Sigo bajando hasta la muñeca para seguidamente volver a subir al punto de partida.

Repito la misma operación en el otro lado y tú ya no puedes aguantar más y empiezas a mover los brazos. Entonces, me llevo el dedo a los labios y te hago el gesto de guardar silencio, algo que te calma un poco. Seguidamente, te cojo una de las manos y te levanto suavemente el brazo hasta arriba, siempre sin obligarte, para rodearte la muñeca con una ancha tira de cuero que te la sujeta cerca de la esquina de la camilla. Cuando he repetido la operación con el otro brazo, repito las caricias con la pluma, esta vez sin que puedas impedírmelo moviendo los brazos. Esas caricias con la pluma, junto a la sensación de que no puedes hacer nada y la suavidad con la que lo estoy haciendo, te empiezan a resultar agradables y comienzas a disfrutar de ellas.

Después de recorrer varias veces tus brazos con la pluma, la paso ahora por tu frente, tus mejillas y tu nariz. Esto último es ya demasiado y agitas la cabeza para liberarte de las cosquillas. Sigo pasando por tu barbilla y tu cuello hasta llegar a una oreja donde, de nuevo, no puedes aguantar más. Tras esto, me ves desaparecer por detrás de ti. Lo hago para poder accionar un resorte que hace que la camilla se incline poco a poco hacia atrás y llegue a quedar en posición horizontal, a la altura de mi cintura. Ahora te encuentras tumbada boca arriba y con los brazos atados. Esto te resulta un poco violento pero a la vez excitante.

Vuelvo a recorrer con la pluma tus brazos y tu cara como antes, pero esta vez tumbada. Cuando termino, bajo lentamente a tus rodillas y empiezo a bajar por las pantorrillas hasta llegar a los pies. Te quito los zapatos muy despacio y al llegar con la pluma a las plantas de los pies no puedes aguantar más y tratas de evitar el contacto. Entonces, como he hecho anteriormente con los brazos, te tomo suavemente un tobillo, lo llevo hacia una esquina para atarlo con una tira de cuero y repito la operación con el otro pie.

Ahora te sientes totalmente a mi merced, pero no te importa, porque nunca has experimentado algo así. Con los brazos y las piernas abiertos en aspa notas un cosquilleo excitante al no saber hasta dónde llegará el juego.

Vuelvo a pasar la pluma por una rodilla bajando muy despacio por la pantorrilla hasta llegar a los dedos, primero en una pierna y luego en la otra. Subo y bajo varias veces haciéndote estremecer con las cosquillas. Después, vuelvo hacia la parte superior de tu cuerpo y guardando la pluma, acerco mi boca a una de tus muñecas. Apenas toco tu piel con mis labios. Voy bajando suavemente por tu brazo hasta la zona del hombro y subo nuevamente varias veces. Es tan leve el roce que algunas veces no sabes si son mis labios o es mi aliento quien te toca. Recorro ahora el otro brazo a veces besando, a veces tocando apenas con los dientes y otras con la punta de la lengua.

Empiezas a comprender que esto ya no es sólo un espectáculo, sino que puede resultar algo mucho más personal. Y te alegras de ello, ya que te está pareciendo muy agradable y deseas que continúe, que no se pare.

Vuelvo como antes a rozar tu frente, pero esta vez con mi boca. Te la beso casi sin tocarla hacia un lado y hacia el otro. Sigo con las mejillas, una tras otra, disfrutando de tu perfume. Voy bajando ahora por tu nariz muy despacio hasta la punta y paso después a la barbilla. Sigo bajando por el cuello y percibo que tú levantas la cabeza para facilitarme el recorrido. Vuelvo a subir otra vez hasta la barbilla y de aquí paso nuevamente a la punta de la nariz, que aprisiono entre los dientes primero y con los labios después. Por fin llego a tus labios que encuentro entreabiertos, como los míos, y los recorro de un lado a otro, casi sin tocarlos.

Regreso a uno de tus pies y empiezo a besar la planta con movimientos circulares para llegar después a tus dedos. Los voy aprisionando uno a uno entre mis labios y haciendo un suave movimiento de succión. Sigo deslizando los labios por el empeine y por la pantorrilla hasta la rodilla y vuelvo a bajar de nuevo por su interior. Repito esto varias veces y me voy ahora al otro pie, al cual dedico las mismas atenciones. Tras subir y bajar varias veces hasta la rodilla, en una de las subidas no me detengo ahí, sino que sigo subiendo muy despacio por el interior del muslo, gozando de la suavidad de tu piel.

Intuyendo lo que podría ocurrir a continuación, siento que un leve temblor recorre tu cuerpo, señal que interpreto como una sutil aprobación por lo que estoy haciendo y por lo que voy a hacer.

Deslizo mis labios y mi lengua muy suavemente por el muslo hasta llegar casi hasta arriba y vuelvo a bajar hasta la rodilla. Hago esto mismo varias veces en las dos piernas, apurando el límite un poco más en cada ocasión. Al fin, noto en la punta de la lengua la costura de tus braguitas, que recorro despacio de arriba a abajo. Exploro ahora el otro muslo hasta la costura de ese lado disfrutando del embriagador aroma de tu cuerpo.

Tu reacción me alienta a seguir adelante, ya que intentas abrir más las piernas a pesar de tenerlas sujetas con las correas. Voy lamiendo tus bragas alejándome cada vez más de las costuras hasta llegar al centro. Paso la lengua de abajo a arriba cada vez un poco más fuerte haciéndote arquear el cuerpo. Lamo, succiono, muerdo, todo muy despacio y con calma, empezando a oír tus suspiros cada vez más intensos.

No terminas de creer que esto te esté pasando, pero la sensación es tan agradable que deseas que no sea un sueño, que continúe. Que alguien a quien no conoces te esté proporcionando estos instantes es algo que nunca habrías pensado y a la vez, deseas aprovechar el momento que puede no volver a repetirse jamás.

Después de un rato de recorrer tu prenda íntima me desvío hacia un costado e introduzco la lengua por debajo de la costura. Voy poco a poco avanzando hacia el centro hasta sentir el sabor salado de tu sexo. Lo descubro separando con un dedo las bragas hasta un lado y lo encuentro húmedo y caliente. Me dedico a explorar con mi lengua todos sus rincones, a degustar todos sus sabores y a palpar todas sus texturas. Mientras tanto, noto que te has abandonado al goce y disfrutas con las caricias de mi boca, dejas gozar a tu cuerpo y exhalas suaves gemidos de placer.

Dirijo ahora mis atenciones hacia tu botón más íntimo y mientras tanto voy introduciendo mi dedo muy lentamente por tu lubricada cueva. Imprimo a mi mano un movimiento de vaivén continuo y regular mientras aprisiono tu clítoris entre los dientes y la lengua, presionando con esta última en todas direcciones y haciendo que aumenten tus suspiros y gemidos.

Estos mismos gemidos me avisan de que estás a punto de llegar al máximo nivel de placer, pero son los espasmos de tu cuerpo y la repentina humedad que siento en la boca y en la mano los que me confirman que estás disfrutando de un dulce orgasmo. Notas como si todas las células de tu cuerpo bailaran al mismo tiempo, como si murieras en un momento y en el siguiente estuvieras de nuevo aquí. Sigo con los mismos movimientos hasta que tus espasmos se reducen, momento en que dejo de hacerlos para permitirte disfrutar de unos instantes de respiro. Tu respiración es agitada y dejo que te relajes poco a poco, disfrutando del placer que acabas de experimentar.

Salgo de entre tus piernas y vuelvo de nuevo a tu lado. Mi mano te acaricia el pelo y la cara y giras la mejilla para que el contacto sea más firme. Después, voy subiendo por el brazo hasta llegar a la mano y te la dejo libre soltando la correa que la sujeta. Te tomo por la muñeca, te bajo el brazo y coloco tu mano sobre mi túnica, a la altura de mi sexo, que como ya supones, se encuentra en un estado de gran firmeza. Tus dedos se cierran sobre él y recorren todo su contorno. Ahora bajas por la túnica para llegar hasta su parte baja y volver a subir al mismo lugar, pero sin el estorbo de la tela.

Esta vez disfrutas del contacto directo con la piel de esa parte de mi cuerpo que se mantiene rígida en honor a ti. Lo coges como si no quisieras soltarlo nunca, como si quisieras retenerlo en tu mano para siempre, produciéndome una creciente sensación placentera con tus movimientos continuos de subida y bajada, apretando y aflojando, apretando y aflojando.

A la vez que tú sigues moviendo la mano, yo pongo en acción la mía y la introduzco por tu escote para rodear suavemente uno de tus senos rodeándolo con movimiento circular, cada vez más cerrado, hasta que llego al suave pero a la vez duro pezón. Aprieto y aflojo acompasando los movimientos a los que tú haces con tu mano y ambos pasamos un agradable rato. Seguidamente, suelto la correa que te sujeta la otra mano y, como yo esperaba, te incorporas sobre el codo y agarras mi empuñadura con las dos manos, a la vez que te la llevas a la boca.

Mientras sigues con la boca ocupada, mi mano baja por tu estómago para adentrarse bajo tus braguitas y entrar en un mundo húmedo, cálido y sedoso. Tu cuerpo se arquea mientras yo temo no poder aguantar mucho más las atenciones de tu boca. Antes de que eso ocurra, saco un preservativo de un bolsillo, rompo el envoltorio y te lo presento ante los ojos. Siento que éste es un momento importante, ya que tu reacción me indicará hasta dónde estás dispuesta a llegar, pues como he dicho antes, no te quiero obligar a nada. Si lo rechazas, significará que no estás dispuesta a pasar de las caricias que nos estamos dedicando.

Pero para mi gran satisfacción, veo que lo coges, me lo colocas en la punta y lo vas desenrollando poco a poco con la boca, hasta llegar al final. Esto es la confirmación de que me deseas tanto como yo a ti, de que quieres hacer el amor fundiéndote conmigo en uno solo.

Estando ahora seguro de lo que va a ocurrir entre nosotros, te separo suavemente las manos de mi inflamado sexo y te las vuelvo a sujetar una a una con las correas. La excitación del momento hace que tu cuerpo se retuerza como una serpiente, anticipando el momento que ambos esperamos. Bajo mi mano despacio por todo tu cuerpo haciéndolo arquearse hasta llegar a un tobillo. Suelto la correa que te aprisiona el pie y vuelvo nuevamente hacia arriba hasta llegar a tus mojadas bragas. Las voy bajando por los muslos, las rodillas y las pantorrillas hasta que sacas el pie libre por ellas, quedando enrolladas en el otro tobillo. Seguidamente, sujeto otra vez tu pie con la correa que había soltado disfrutando del espectáculo de tu cuerpo en la penumbra con las cuatro extremidades abiertas.

Comienzo mi recorrido final con mi lengua por un pie, voy subiendo por la pierna y el interior del muslo, a la vez que la acompaño con mis manos. Tu cuerpo no para de retorcerse y no dejas de jadear ni un instante. Dedico unos minutos a tu abierta entrepierna y después sigo lamiendo la zona del ombligo hasta que llego a los pechos, que dejo libres subiendo la camiseta y el sujetador hasta tu cuello.

Me entretengo un rato con cada uno de los enhiestos pezones haciéndote gemir de placer. Pero cuando mi lengua sigue el camino de tu cuello, siento cómo la punta de mi espada encuentra la entrada de tu funda y noto allí un intenso calor. La sensación de calidez es inmensamente agradable y me muevo suavemente sin pasar de la entrada. La humedad del lugar facilita que con cada movimiento vaya avanzando unos milímetros más hasta que la cabeza traspasa el umbral del paraíso. En ese momento, no puedes aguantar más y levantas las caderas para que me introduzca más profundamente, provocando un grave gemido en mí. Los dos caemos de nuevo en el lecho con los sexos unidos ahora hasta lo más profundo, permaneciendo unos segundos así, presionando uno contra otro como si nos fueran a separar en cualquier momento y tratando de grabar en la memoria estos instantes maravillosos. Pasada esa primera y sabrosa impresión, empiezo a moverme despacio sin salir del fondo, hacia los lados y con movimientos en redondo, intentando hundirme lo más adentro posible en ti.

Como ya vas notando, me gusta hacer las cosas con suavidad y sin prisas. Mi miembro vuelve a retroceder despacio hasta que la punta sale de tu nido, pero sin perder el contacto, quedando justo en la entrada. Seguidamente, vuelvo a empujarlo con firmeza hasta el fondo provocando en ti un nuevo gemido de placer. Repito regularmente estos movimientos dejando pasar dos o tres segundos entre uno y otro. Empujo rápido, retrocedo lentamente y espero. Empujo, retrocedo y espero.

Esta es la forma que a mí más me gusta de hacer el amor, ya que va subiendo el ritmo a medida que los cuerpos lo necesitan y los sexos se van estimulando progresivamente. Sigo moviéndome de esta manera y voy aumentando la velocidad de las embestidas muy poco a poco, sintiendo cómo aumenta al mismo tiempo el ritmo de tu respiración. Ya empiezas a notar en el estómago el cosquilleo característico que anuncia que te acercas al clímax. Con cada penetración sientes cómo las descargas de adrenalina te van nublando el cerebro. El ritmo aumenta y con él tu nivel de placer. Cada parada que hago de apenas uno o dos segundos te resulta un dulce tormento, pero cuando de nuevo vuelvo a entrar hasta el fondo dentro de ti, es mejor en cada ocasión. Al fin sientes los primeros espasmos que te llevan a otra dimensión. Tú ya no estás allí. Sólo queda tu cuerpo sacudiéndose con la explosión del inmenso goce del orgasmo. Crees quedar inconsciente y tus ojos cerrados no ven más que estrellas. Sigues experimentando oleadas de electricidad por todo tu cuerpo y te sorprendes al escucharte a ti misma gritando de placer. Poco a poco tu cuerpo se va relajando y vas volviendo a la realidad mientras permanecemos abrazados, todavía unidos por nuestros palpitantes sexos.

No existe nada más bonito que disfrutar el orgasmo los dos a la vez. Es alcanzar el éxtasis sabiendo que le estás dando lo mismo a tu pareja, que está sintiendo el placer con la misma intensidad que tú. Es subir los dos juntos al cielo para descender tumbados en una nube de cariño.

Tras besarnos dulcemente un tiempo, me levanto del lecho y te voy soltando las correas que te han mantenido atada. Me abrazas y me besas nuevamente sin apenas creer lo que acaba de suceder. Después de arreglarte la ropa, te acompaño a la puerta de salida que te llevará al final del recorrido del laberinto. “Adiós, Blue”. Nos despedimos allí con más besos y al fin abandonas un mundo que ahora te parece irreal. Al salir de nuevo al exterior de la feria te da la impresión de ser un lugar nuevo, en el que no has estado antes, ya que casi todos tus sentidos se han quedado dentro del laberinto y te sientes aturdida. Cuando te reúnes con tus amigas y te preguntan por qué has tardado tanto, prefieres decirles que te has perdido por los pasillos. Decides guardar para ti sola el secreto de la experiencia que acabas de vivir, sin saber todavía muy bien si ha sido real o sólo ha resultado un sueño.

Relato dedicado a Blue “Ladys blue” por su autor José Ramos,
Autor a su vez de la novela erótica “Circo de seducción”.

Espero que os haya gustado, que no se os haya hecho largo y sobretodo que lo hayáis disfrutado tanto como yo, ya sabéis dejadme en los comentarios que os ha parecido y si os gusta la idea de tener un relato solo vuestro.

Un beso enorme Blue Lovers
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